Siempre que comemos, lo hacemos en un estado emocional concreto, pero éste varía de manera constante a lo largo de todo el proceso. Es lo que podríamos entender por alimentación emocional.
Ahora bien, ¿alguna vez te ha pasado que, aún teniendo sensación de llenado o saciedad, continúas comiendo para calmar una ansiedad o malestar? ¿Sueles hacer viajes a la nevera para picotear cuando te aburres o cuando tienes que hacer alguna tarea o trabajo que te da pereza?
Te presentamos los puntos más importantes de este artículo para que puedas elegir qué leer:
¿Qué es la alimentación emocional?
¿Qué pasos debo seguir para aprender a llevar una alimentación emocional saludable y flexible?
Comer por emociones no siempre tiene una connotación negativa. A veces un comer emocional puede ser desde la celebración, para compartir un momento feliz o para socializar.
Los alimentos generan confort y no hay nada de malo en ello. Lo que si debemos revisar es si esa conducta acaba llevando a regular siempre las emociones única y exclusivamente a través de la comida.

Las emociones son respuestas psico-fisiológicas, ante los diferentes estímulos que percibimos en nuestro entorno externo e interno. Y a pesar de lo que se cree, no hay emociones buenas y malas. Todas nos ayudan a reaccionar y relacionarnos con nuestro entorno, pero unas pueden ser agradables y otras desagradables, y lo que determina ese “bien” o “mal”, es en realidad la respuesta que generamos derivadas de esas emociones. Es lo que conocemos como emociones adaptativas y desadaptativas.
Una respuesta adaptativa ayuda a desenvolvernos en el medio de forma segura y sana, al contrario de una respuestas desadaptativa, que nos dificultará para poder avanzar en nuestras conductas de forma saludable.
Por ejemplo: ¿Está bien que me guste disfrutar de un trozo de chocolate por la noche y sentir relax? Si, no hay nada de malo si tienes otras estrategias para gestionar el hambre emocional de forma adaptativa.
¿Está bien que solo sepa relajarme por la noche tomando ese dulce? Ahí es donde la alimentación emocional entra en una zona un poco oscura, pues ese hambre emocional es desadaptativo.
Por eso no hay que tenerle miedo al hambre emocional, pues tener una alimentación emocional saludable es posible, si aprendemos de nuestra propia identidad alimenticia.
Esto es lo que más cuesta, pues estamos inmersos en un mundo en el que automatizamos toda acción, haciendo que estemos menos conectados con nuestro cuerpo y nuestras sensaciones. Prueba de ello es cuando en consulta muchas personas me dicen que son capaces de pasar mucho tiempo sin comer durante la mañana. Están distraídas en el trabajo, pero cuando llegan a casa a la hora de comer, sienten un fuerte impulso y necesitan comer ya. ¿Qué hay de malo en esto? Pues que tienden a minimizar el consumo de alimentos saludables, preparar platos excesivamente rápidos para calmar el ansia de inmediato, o comer de forma muy rápida sin darse permiso a sentir cuándo y cuánto están de saciados.
Sobre todo los que provienen de la cultura dieta. Estos pensamientos se identifican por ser muy críticos, intrusivos y vienen determinados por dietas o consejos nutricionales infandos por el miedo. Muchas de las conversaciones con mis pacientes son sobre estas creencias. La gran mayoría de las preguntas en consultas son relacionadas a desmentir mitos como “¿Es bueno que coma fruta después de comer? “¿Pasa algo si como un poco de pan en la cena? “¿En serio puedo comer un yogur natural?”. Todas esas preguntas son creencias de la cultura dieta, la cual está constantemente en nuestras vidas, pues a veces estos pensamientos se tienen aún cuando ni si quiera la persona ha hecho dieta en su vida.
Como consecuencia de lo anterior, si se trabajamos los pensamientos y creencias, y desmentimos todos esos mitos alimentarios, podremos reducir la culpa al comer de forma considerable. Los pacientes me dicen que con este proceso, se sienten libres al comer, pero continúan teniendo la sensación de estar cuidándose. Tienen menos remordimiento cuando salen fuera a comer, pues eligen por apetencia y comen según sus sensaciones de hambre, hasta que se encuentran en un estado de saciedad agradable.
Sentirnos libres de poder elegir y disfrutar al comer, aprender que no hay que comer determinados alimentos que aborrecemos o que nos nos gustan. En proceso de aprender a llevar una alimentación emocional saludable, debemos tener en cuenta este punto, pues si no se disfruta del cambio, si no hay permiso para hacer una transición flexible y los cambios vienen impuestos desde la obligación y sin disfrute, este proceso se convertirá en otra dieta más que morirá en 3 o 6 meses.
Importante cambiar el chip de qué es salud y qué es auocuidarse, y tratar de buscar la manera propia de hacerlo. Es un proceso de autodescubrimiento de cómo cuidarnos a través de una alimentación saludable, flexible e intuitiva sin llegar al extremo del salutismo, la obsesión y la culpa.
El ejercicio es un handicap para muchas personas. En consulta descubro varios tipos de relaciones con el ejercicio. Está quien no tiene una relación saludable y no hace nada de ejercicio. Generalmente la persona aborrece hacer ejercicio porque se lo ha impuesto desde la obligación para adelgazar cada vez que hacía dieta. Luego está la persona que tampoco tiene una relación saludable pues abusa de él para llegar a un ideal de belleza, o lo utiliza como medida compensatoria para sentir tranquilidad comiendo. Y la ultima, aquella relación saludable donde la persona va probando diferentes actividades, movimientos y ejercicios para descubrir cual disfruta, cual le sienta bien para liberar ansiedad, desconectar o socializar, y mantiene un ritmo más o menos constante, pues hay épocas que va un poco más -le apetece y puede-, y otras que puede ir menos pero trata de mantener un mínimo.
Aquí entra ya de lleno la parte de la nutrición. Comer de forma intuitiva no tiene que ver con que se vaya a comer de forma “desrregulada” o impulsiva, o que todos los días se vayan a comer alimentos de menos calidad nutricional. Ese no es el objetivo y si se siguen estos pasos, menos probable que suceda. Se persigue saber que necesita nuestro cuerpo. Por ejemplo: voy mal al baño últimamente y siento que si incorporo más fibra a lo largo de la semana me sentiré mejor; o esta semana siento más hambre y no noto que las cantidades me sacien, equilibro las proporciones del plato, trato de introducir alimentos saciantes y reviso que no esté comiendo menos en algún momento.
No es un camino sencillo. Lo sencillo es seguir una dieta, que te lo dan todo hecho y no tienes que pensar, pero haciendo dieta automatizamos acciones y conductas. Con cada dieta que se hace, el camino a llevar una alimentación emocional saludable se hace más largo, empedrado y difícil.
El cambio de hábitos, el proceso de conseguir una alimentación emocional saludable, o el conseguir aprender a gestionar el hambre emocional, es el mismo camino y es un proceso de interiorización sobre los pensamientos y creencias personales sobre la comida, la salud y la imagen corporal. En definitiva, es abordar al completo la propia conducta alimentaria para valorar que querer cambiar de ella, para hacerla más saludable sin perdernos en un bucle de obsesión por la salud y la alimentación saludable.
Soy Isabel Campos, La Dietista-nutricionista que andabas buscando. Te traigo una nueva forma de comer y cuidarte. Una forma saludable, intuitiva y consciente.
